La táctica de Raquel

ficción bíblica: Génesis Vavetze

Traducido del inglés y editado por Caro Cynovich carocynovich@gmail.com

La táctica de Raquel

jacob-rachel-and-leah-by-raphael-largeRaquel puso su cuchillo de cortar en su cinturón. Pasó sus dedos a través de la espesa lana de las ovejas mientras escuchaba a Jacobo, que estaba parado en medio de su rebaño. Le encantaba el rico aroma de los animales dóciles.

—Es un acuerdo, entonces—Jacobo dijo a Raquel y a su hermana Lea.

Lea; co-esposa, socia, aliada y hermana, todo en una. Ahora que Raquel había dado a luz a José, las viejas rivalidades y celos menguaron.

—Nos vamos por la mañana —continuó Jacobo—. Por favor, empaquen sus pertenencias y preparen a los niños. No sé si volvemos alguna vez a la casa de tu padre.

Los tres echaron una ojeada a través de las llanuras arameas y  miraron el recinto de Labán en la distancia. Raquel recordó que antes de la llegada de Jacobo había sido una simple casa de ladrillos de barro. Ahora, veinte años después, se había convertido en una mansión de piedra, con una serie de casas de adobe más pequeñas y grandes establos. Es todo obra de Jacobo, pensó Raquel. Y mi padre lo robaría todo de nuevo.

Raquel y Lea caminaron de regreso al complejo en silencio, con el sol poniéndose a la distancia. Raquel sabía que el disgusto de Lea por su padre reflejaba el suyo propio. Eran poco más que esclavas para él. Y también lo era Jacobo. Fuerte y honesto, el trabajo duro de Jacobo había construido la riqueza del padre de Raquel y Lea, pero aún así él era tratado apenas mejor que una bestia de carga. Eran las reglas de su pueblo: mientras Labán fuera el amo, todos ellos le pertenecían. Huir no los haría libres. Laban los seguiría. Él traería sus ídolos en la mano y exigiría que todos regresen a él por la ley.

Los ídolos, esos aborrecidos ídolos. Raquel se preguntó si Labán controlaba los ídolos o si tal vez fuera al revés. Ella tenía que poner sus manos en esos ídolos. Tenía que quitar los ídolos del control de Labán y con ello romper la esclavitud eterna. Su hijo José debería crecer libre.

El sol se hundió en el horizonte y la luna llena tomó su lugar en el cielo. Cuando Raquel y Lea alcanzaron los recintos, se saludaron con una inclinación de cabeza y se fueron cada una a sus aposentos privados. Raquel pasó por delante de su propia puerta y continuó hasta el Templo privado de Labán. Labán está a varios días de distancia, pensó. No se habría llevado a sus ídolos a la esquila de su rebaño lejano. Tienen que estar aquí en su Templo.

Raquel se dirigió a la parte posterior del recinto donde el Templo estaba en pie. Bendijo la luna llena por iluminar su camino en la noche oscura. Un gato negro salvaje chilló repentinamente. Raquel dio un salto atrás con miedo.

—Maldito gato —murmuró, temblando—. Me has dado un susto de muerte.

Raquel se acercó al Templo. Era una estructura de tierra circular, cubierto con una cúpula sencilla. El diámetro del Templo era de la longitud de dos hombres, al igual que la altura. Raquel se recordó de Labán construyendo cuidadosamente la estructura del mismo, mientras lanzaba hechizos y protecciones para sus ídolos. La puerta del Templo estaba en el lado este, hacia el sol naciente, con ventanas abiertas en los otros tres puntos cardinales.

Raquel se acercó cautelosamente a una de las ventanas y miró en su interior. Una vela solitaria ardía siempre en un brasero que colgaba del techo. Sobre un pedestal de piedra en el centro del Templo, Raquel pudo ver los ídolos. Ambos estaban en el pedestal. Estaban a menos de la distancia de un brazo de altura. Había una estatuilla dorada de un hombre, tallada con exquisito detalle, junto a una estatuilla similar pero de plata. Si uno miraba el tiempo suficiente, se podría pensar que estaban vivos. Eso no es lo que le preocupaba a Raquel. Lo que la turbaba era el dominio que estos ídolos representaban.

El dueño de los ídolos era el dueño de su fortuna. Le daba el derecho a la tierra, a los esclavos y rebaños. Los ídolos se pasaban de padre a hijo. Un hombre libre arameo necesitaba recibir su propio ídolo de su amo. Labán no liberaría a Jacobo, ni tampoco el justo Jacobo aceptaría un ídolo a cambio de su libertad. Por ley aramea, Jacobo y sus descendientes por siempre serian esclavos. A Jacobo no le importaba esta ley, y se iría a pesar de ella. Pero Raquel no aceptaría esto. No quería que esta condena pesara sobre su José.

En el suelo del Templo una forma negra y sinuosa se deslizó alrededor del pedestal. Tenía el grosor de un tronco de árbol, y en algunos momentos Raquel fue capaz de ver a través de su cuerpo la tierra que había debajo. Un demonio, pensó con alarma. Esa es la forma en que los ídolos están protegidos. ¿Cómo puedo pasar a través de él?

Raquel encontró la cabeza de la forma deslizante. Dos brillantes ojos rojos iluminaban su rostro. No tenía nariz ni orejas. Sólo esos ojos profundamente hundidos y una boca ancha que ocupaba la mitad de su cabeza. Le recordaba a una anguila gigante, excepto que ella podía ver los brazos y las piernas largas descansar a los lados del cuerpo del demonio. La forma se movía dentro y fuera del estado de solidez, demostrando así su origen demoníaco.

¿Cómo puedo engañar al demonio? Raquel se preguntó. ¿Atraparlo? ¿Distraerlo? ¿Qué sabía ella acerca de los demonios? Su padre nunca le había enseñado ningún sortilegio. Pero a menudo le gusta alardear de cómo capturaba a los demonios y los controlaba. Sangre. Sí. Les gustaba la sangre. Ellos eran adictos a la sangre. Seguirían el olor de la sangre fresca y festejarían por él. En agradecimiento obedecerían sus deseos.

Raquel se retiró en silencio del Templo y examinó el suelo con cuidado. Entonces lo vio. El gato estaba sentado frente a uno de los edificios, lamiendo sus patas. Con una velocidad nacida de la desesperación Raquel se abalanzó sobre el gato, con los brazos extendidos. El gato se escapó de su mano derecha, pero ella cogió el gato por el cuello con su izquierda. El gato chilló y arañó el brazo de Raquel. Ella golpeó la cabeza del gato en el suelo, sacó su cuchillo de corte y rebanó el cuello del gato. La sangre fluyó rápidamente en el suelo.

Raquel corrió hacia el Templo y se paró detrás de una estructura. Un momento después, la puerta del templo se abrió y el demonio negro se deslizó fuera. Raquel corrió hacia el Templo. Se detuvo en la entrada, en busca de nuevas trampas o defensas. Se dio cuenta de una gruesa capa de polvo alrededor del pedestal central. Dio sutilmente un paso hacia adelante y sintió una sensación de ardor a través de sus sandalias de cuero. Sacó el pie hacia atrás y miró fijamente al suelo. Vio un contorno de huellas en el polvo. Puso sus pies sobre la huellas y de esa forma no sintió dolor. Pisó las huellas sucesivas y llegó al pedestal ilesa.

El ídolo de oro la miraba fijamente. Era hermoso. Rara vez había visto un objeto hecho por el hombre que fuera una obra tan fina. Raquel cogió el ídolo, sólo para llorar de dolor mientras el ídolo quemaba los dedos de su mano derecha. Se arrancó la tela de la parte inferior de la falda, envolvió el tejido de lana alrededor de los dos ídolos y los sacó del pedestal. Raquel se apartó, cuidadosamente pisando las huellas para volver para atrás. Llegó a la puerta y dio un suspiro de alivio.

Cuando se volvió y se alejó, una mano oscura atrapó su tobillo y tiró de ella hacia la puerta del Templo. Raquel se aferró a la estructura de la puerta con los ídolos todavía envueltos y apretados en su mano izquierda.

—Me has engañado, hija de Labán —el demonio siseó desde el suelo.

—Yo te di de comer sangre, demonio. Libérame. Esa es mi petición.

—¿Crees que somos tontos, humana? Estamos vagamente obligados. La sangre me atrajo, pero no fue suficiente para subyugarme. Mi tarea era proteger a los ídolos y he fallado. Aunque seas una ladrona, tú eres ahora el amo de los ídolos. Pero no te irás ilesa.

—Entonces obedéceme, demonio. Yo soy el amo ahora. Libérame y vuelve a tu vigilia circular.

—Te voy a liberar, pero me has avergonzado. Por eso deberás pagar. Ningún ser humano puede avergonzar a un demonio y tener una larga vida para contarlo. Pongo una maldición de muerte sobre ti.

—Os di a beber sangre, soy el amo de los ídolos ahora, yo soy la hija de su antiguo amo. ¿Cómo te atreves a maldecirme? Cesa este absurdo en este momento y déjame ir.

—Voy a dejar que te vayas, joven Raquel. Incluso te concederé un último deseo. Nombra tu deseo y me aseguraré de que se cumpla antes de que mueras.

—No acepto tu maldición, demonio. Aunque si pudiera tener un último deseo antes de morir, sería el de tener otro hijo.

—Así será. Ahora quédate quieta mientras canto tu destino.

El demonio, todavía con el tobillo de Raquel en sus manos, acurrucó su largo cuerpo como una bola y miró a Raquel con los ojos de color rojo brillante. Cantó en un profundo estruendo.

“O, engañador del engañador,

Has superado al hijo de Betuel.

Hermosa, la más joven, Raquel,

La reina de lo que será Yisrael.

Madre de los guerreros y reyes,

Nombre por siempre venerado.

Riqueza y honor para tu progenie,

Lucha y batalla con los parientes de su hermana.

Uno más veréis, niña de la tristeza,

Hijo de tu mano derecha,  hijo de la fuerza.

José deberá gobernar un imperio,

Y acelerar el exilio.

Tú deberás montar guardia sobre sus hijos

En su largo regreso a casa.

No ver en este mundo,

Una fuerza entre los justos.”

El demonio soltó el tobillo de Raquel.

Raquel volvió a su habitación, temblando. Lo hice, pensó. Tengo los ídolos. José será libre. Los hijos de Jacobo e incluso los de Lea serán libres. Tenemos que salir con la primera luz, antes de Labán se entere.

Pero ¿qué pasa con la maldición de la muerte?, se preguntó.

Raquel sonrió. Si mi último deseo se hace realidad, me daré por satisfecha.

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