El miedo de Benjamín

ficción bíblica: Génesis Miketz

Traducido del inglés y editado por Caro Cynovich carocynovich@gmail.com

­benjaminCupEl miedo de Benjamín

—No fue tan terrible como me temía —Benjamín exhaló—. De hecho, fue realmente agradable. El Virrey es un generoso anfitrión.

—Sí —añadió Simeón—. Incluso después de que me encarcelaron, me trataron como un huésped real.

Benjamín y sus diez medio-hermanos viajaban con sus burros cargados de grano hacia fuera de la capital egipcia.

—Todo el encuentro fue extraño —advirtió Judá pensativamente—. La conducta del Virrey fue inusual. Primero nos acusó de ser espías, y cuando llevamos a Benjamín nos trató como hermanos perdidos. Su línea de preguntas también era extraña. Muy personales. Creo que él no estaba convencido de Benjamín fuera nuestro hermano. Era como si estuviera tratando de determinar nuestros sentimientos hacia Benjamín. Me pregunto, ¿por qué le importaría?

—Seamos agradecidos de que hemos recuperado Simeón —Reubén aconsejó—. No hay necesidad de buscar nuevas preocupaciones. Démonos prisa para volver a casa a Canaán y dejar este episodio atrás.

Estando de acuerdo con Reubén, Benjamín miró hacia atrás como si fuera a dar un último adiós a la capital.

—¿Qué es esa nube? —se preguntó, perplejo.

Se está moviendo hacia nosotros rápidamente, pensó Benjamín.

Todos los hermanos se dieron vuelta.

—No es bueno —dijo Judá.

—Se trata de un ejército —señaló Simeón.

Sí. Es el polvo que levanta un pelotón al moverse rápido. El corazón de Benjamín latía más rápido.

—¿Tal vez es un nuevo despliegue de tropas? —dijo Reubén, esperanzado.

—No. Es un ejército en persecución —declaró Judá.

—¿A quiénes están persiguiendo? —preguntó Benjamín nerviosamente.

—En vista de que no hay otros grupos en este camino que hayan tenido trato con los gobernantes, sospecho que nos persiguen a nosotros —concluyó Judá.

—Corramos —Simeón instó.

—Nuestros burros nunca podrán dejar atrás a sus caballos —Judá contestó—. No hemos hecho nada malo, aunque estoy preocupado. Formen un perímetro alrededor de Benjamín, y sigamos nuestro camino casualmente, como si no pasara nada.

—No necesito protección especial —Benjamín protestó débilmente. ¿Me dejarán solo a la primera señal de problemas? Mis hermanastros tienen una historia de traición hacia los hijos de Rachel.

—Le prometí a Padre tu seguridad —respondió Judá—. Si algo te llegara a suceder a ti, hijo de su amada Rachel, Padre probablemente moriría de la pena. Él no tomaría ese tipo de noticias del resto de nosotros tan mal como si te pasara algo a ti.

Benjamín asintió con la cabeza mientras sus hermanos lo rodearon en sus monturas. Judá es un hombre de palabra, y el resto podría seguir su ejemplo.

Momentos después una caballería de cien hombres fuertes los rodearon. Eran liderados por el capitán del Virrey, el joven y autoritario Menashé.

—¡Deténganse, bandidos! —Menashé gritó mientra cien lanzas apuntaban a los hermanos.

—¿Por qué se dirige a nosotros así, mi Señor? —Reubén preguntó.

—¿Por qué han pagado con mal a la generosidad de mi amo? —Menashé replicó coléricamente—. Ustedes han robado su preciado recipiente para beber. ¿No esperaban que él descubriera su ausencia? Le han hecho un mal.

—Dios no quiera que sus humildes siervos hicieran tal cosa —respondió Reubén—. Ya hemos devuelto el dinero que fue colocado por error en nuestras bolsas. ¿Cómo podríamos tomar algo de la casa de tu amo, ya sea de plata o de oro? ¡Revísanos! Si hallas que alguno de nosotros tiene un objeto robado, que sea condenado con la muerte, y el resto seremos esclavos.

—Será como usted diga —sonrió Menashé—. Aunque no vamos a ser tan duros como tú sugieres. La simple justicia egipcia bastará. El ladrón se convertirá en mi esclavo y el resto de ustedes será libre de partir.

Reubén descargó su pesada bolsa de arpillera de su burro, la colocó en el suelo y la abrió para que Menashé la inspeccionara. Cada uno de los hermanos repitieron a su vez el gesto.

Menashé desmontó de su orgulloso caballo egipcio y, al amparo de las lanzas de la caballería, se acercó a las bolsas. Cogió una espada corta de su lado derecho y la metió en el bolso abierto de Reuben. Hizo girar el cuchillo en la bolsa para oír el silbido de grano en el acero.

Menashé repitió los movimientos con cada uno de los hermanos siguientes: Simeón, Leví, Judá, Gad, Asher, Yisajar, Zebulun, Dan y Naftalí. Los hermanos se relajaron, sintiendo que estaban siendo probados inocente de esta acusación injusta. Judá estaba más cauteloso, percibiendo problemas.

Menashé clavó su espada en el costal de Benjamín. Un “clink” se escuchó claramente cuando el metal del puñal tocó otro metal. Menashé hundió su mano en la bolsa de granos y reveló triunfante la copa de plata del Virrey.

Los hermanos se quedaron sin aliento. Rasgaron sus vestiduras en señal de pena. Benjamín no podía creerlo. Simeón susurró con rabia:

—Ladrón, ¡hijo de una ladrona! Al igual que tu madre era una pequeña bandida, así has salido.

Simeón siempre fue el más áspero, Benjamín intentó luchar contra su desesperación. No puedo dejar que ponga a mis otros hermanos en contra mío.

—No me hables de mentiras y juegos sucios —Benjamín siseó—. ¿Acaso fui yo el que vendió a José como esclavo? ¿Quién engañó a nuestro Padre? No presumas mostrar justicia conmigo, Simeón. Soy tan libre de culpa de este robo como lo estoy de la venta de José. Esto no es obra mía.

—No tengo por qué soportar una disputa familiar —Menashé interrumpió—. ¡Tú, Benjamín! Ven conmigo. Voy a ser un firme maestro, mi nuevo esclavo. El resto de ustedes pueden retirarse.

Esto es todo. Este es el momento de la verdad. ¿Acaso mis hermanos traicionarán nuevamente a un hijo de Rachel? ¿Mostrarán que aún son unos hermanastros celosos?

Nadie se movió. Los hermanos miraron fijamente a Menashé y luego de nuevo a Benjamín. No parecieron reaccionar ante la situación.

—¿Están podridos sus cerebros, hebreos? —Menashé gruñó—. ¿No me han oído? Aléjense de mi esclavo, así puedo tomar lo que me pertenece por ley. El resto de ustedes son libres de irse.

¡No me dejen! Benjamín les quería hablar con el pensamiento. ¡Si me dejan, todos vamos a caer! Voy a convertirme en un esclavo, Padre moriría de la angustia y la familia se vendría abajo. No dejen que la familia de Israel termine antes de haber comenzado.

Menashé hizo señas a sus tropas y el anillo de lanzas se hizo más fuerte alrededor de los hermanos. Instintivamente, los hermanos rodearon a Benjamín en una formación más cerrada, cada uno con su espalda hacia el menor, de cara a los soldados.

Mis hermanos están conmigo. Benjamín se sintió esperanzado.

Las lanzas se abrieron y señalaron hacia el norte.

—¡Hijos de Jacobo! —Menashé comandó—. Ahora están interfiriendo en mi negocio. Por favor, dejen a mi nuevo esclavo. Supongo que no quieren hacer problemas con mis tropas. Además, si alguna vez quieren comprar más grano de Egipto, le recomiendo que dejen todo esto inmediatamente, sin más demora o resistencia.

No me dejen. Benjamin oró. ¡Judá, por favor, debes decir algo!

—Todos vamos a regresar con Benjamín —Judá dijo, parándose alto.

—Eso no es necesario ni preferible —Menashé respondió, tratando de ocultar una sonrisa.

—Sin embargo, insistimos —Judá reafirmó—. Vamos a ir juntos, o usted tendrá una pequeña pelea en sus manos.

Al escuchar esas palabras todos los hijos de Jacobo dieron un paso hacia adelante, con sus espadas desenfundadas. Las lanzas se movieron hacia atrás con aprensión.

—No voy a correr el riesgo de dañar mi nueva adquisición —Menashé estaba sorprendido por la determinación de los hebreos—. Los escoltaremos a todos ustedes de nuevo hasta el Virrey, donde él decidirá a su juicio.

Con otro movimiento de la mano de Menashé, las lanzas se abrieron camino hacia el sur y se cerraban en la parte norte, empujando a los hermanos de vuelta a la ciudad.

—Nosotros no te abandonaremos —Judá le susurró a Benjamín—. Nunca te abandonaremos. Nunca más volveremos a traicionar a un hermano.

Y luego, en voz baja y para sí mismo, Judá continuó: ya he cometido ese error una vez.

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