Las bebidas en El Cocodrilo hambriento

ficción bíblica: Éxodo Vaera

Traducido del inglés y editado por Caro Cynovich carocynovich@gmail.com

Las bebidas en El Cocodrilo hambriento

Los jeroglíficos en la pared mostraban el menú del día. Este, sin embargo, no había cambiado en más de dos meses; la mayoría de lo ofrecido en el menú no estaba disponible. Una vieja y desdentada sacerdotisa tocó una melodía melancólica en su arpa en un rincón oscuro de la sala. Corría el rumor de que su hermano mayor había sido asesinado durante el ataque de las bestias salvajes, y ella no había tocado una melodía feliz desde entonces.

Las mesas de la taberna estaban llenas de grupos de las altas esferas de la sociedad egipcia, que hablaban en voz baja entre ellos. También habían unos pocos solitarios lamentándose con sus bebidas.

Una mesa estaba llena de los musculosos eunucos negros del palacio del Faraón.

—Yo estaba allí, les digo —el gran Leras, el Eunuco Real, susurró en su tono agudo de voz al público que lo escuchaba alrededor de la mesa circular—. Yo estaba allí cuando Moisés anunció la próxima plaga.

—¿Y qué te dijo? —el voluminoso Doigo preguntó con una voz igualmente estridente—. ¿Cuál será la próxima plaga?

—El granizo —Leras entonó mientras se rascaba las costras de sus lastimaduras casi curadas—. Moisés dijo que quien sea o lo que sea que esté fuera en los campos de mañana, morirá a causa de las piedras del granizo. Si te quedas adentro, estarás protegido.

—¿Y tú le crees a este charlatán?  —preguntó Fanir, el Sacerdote de Ra, que estaba sentado con otros sacerdotes en la mesa de al lado—. ¿Tú y tus compañeros de eunucos han perdido la fe en los dioses de Egipto?

—No me di cuenta de que estabas espiando, Fanir —Leras silbó—. Además, tu fe en tus dioses te ha cegado a la realidad. El Dios de los hebreos ha demostrado ser más potente, y no hay nada que ellos o Faraón haya sido capaces de hacer para detenerlo.

—Ten cuidado, Leras —Fanir advirtió—. Estás cayendo en la blasfemia y en la traición. Ni siquiera tu posición como Eunuco Real puede salvarte del castigo.

—Eres un tonto, Fanir —Leras sonrió e hizo un movimiento de manos hacia Doigo y al resto de los eunucos de empujar y cortar—. Egipto se está desmoronando ante nuestros ojos y tengo intención de estar del lado del ganador. Este Moisés es magistral. Su sola presencia es impresionante y la forma en la que se enfrenta al Faraón es inspiradora.

—¿Qué? ¿Deseas unirte con él en su culto en el desierto? —preguntó Fanir.

—Realmente no tienes cerebro —Leras sonrió aún más—. ¿Realmente por un momento crees que su Dios está pasando todo este problema sólo por un día de adoración? Ellos quieren ser libres y dejar Egipto. Cualquier tonto puede reconocerlo. Pero tú, al parecer, ¡ni siquiera eres un tonto!

Fanir miró alrededor de la taberna con la cara roja de vergüenza. Miró significativamente a sus compañeros sacerdotes.

—No voy a permitir que tal insulto quede sin respuesta —Fanir anunció a sus compañeros de mesa. Los cinco sacerdotes se levantaron de sus sillas como si fueran uno, y se enfrentaron a la mesa del eunuco.

En ese momento, la puerta de la taberna se abrió y reinó el silencio en la sala. Incluso el viejo arpista detuvo su performance. Dos extraños entraron. ¡Dos hebreos! Sus pieles no tenían costras ni cicatrices ni forúnculos. Tenían la actitud feliz de hombres que han comido bien –algo que ningún egipcio había experimentado durante meses. Se pavonearon en la taberna trayendo en sus manos un pedazo de carne fresca

—¡Ho! ¡Posadero! —gritó el hebreo más alto, Datan—. Escuchamos que los egipcios no han tenido carne fresca durante algún tiempo.

—¿Qué es eso, esclavo? —respondió Parnet, el posadero de El Cocodrilo hambriento. Todas las miradas se centraron en el intercambio de palabras.

—Oh, simplemente pensamos que usted puede disfrutar de su paladar con algo más que el pez ensangrentado que pareces disfrutar tanto —Datan bromeó.

—Sí —agregó el hebreo más bajo, Aviram—. También escuchamos cómo las ranas se volvieron populares en tu menú. Ranas, sapos hervidos al horno, a la parrilla, pastel de ranas… ¿Cuál era nuestro favorito, Datan? ¡Oh sí, rana rellena de rana! Si las plagas no fueran suficiente, quizás tu menú mate a todos —Datan u Aviram rieron cruelmente.

—Ustedes los Hebreos creen que son divertidos —Fanir, el sacerdote, gritó desde su mesa—. Rían, pero no olviden que siguen siendo esclavos.

—¿Esclavos? —preguntó Datan burlonamente—. Estás en el pasado, sacerdote. Pronto nos desharemos de nuestros esclavizadores egipcios; en poco tiempo nuestro Dios habrá terminado contigo.

—Basta de hablar, hebreos —Parnet hervía—. ¿Cuánto quieres por la carne?

—200 shekel —Datan respondió lentamente.

—¿200 shekel? —Parnet gritó—. ¿Estás loco? Yo solía pagar no más de 20 shekel pof toda una vaca, y mucho menos por solo una parte.

—Por supuesto —respondió Aviram en voz alta—. Pero eso fue antes de que los animales salvajes asolaran los rebaños, y la pestilencia les diezmó. No es un problema. Estamos seguros de que el Hipopótamo Húmedo que está en el camino le encantaría ofrecer carne fresca a su más estimada clientela.

—Ahora, ahora, ahora, mis queridos hebreos —Parnet levantó las manos en señal de calma—. No hay necesidad de conducir un negocio tan duro. Sentémonos en el cuarto de atrás y lleguemos a un precio equitativo, sin molestar a los clientes.

—Lidera el camino, buen posadero —respondió Datan y Aviram guiñó un ojo. Siguieron a Parnet detrás del mostrador y a la cocina, todavía con su carne fresca. Los egipcios estaban salivando al verla.

—Ya ves, Finar —Leras rió, señalando a los hebreos mientras salían—. Esto es sólo el principio. Al final, Egipto podría llegar a pedirle a los hebreos algo más que un poco de carne fresca. Sacerdotes. No puedo creer que aún recen a sus dioses patéticos pidiéndoles ayuda.

—Tu intransigencia es indignante —Finar gritó, golpeando el puño sobre la mesa—. Los hebreos pueden tener la sartén por el mango en este momento, pero tu rebeldía es inexcusable. Voy a informar a Faraón personalmente y yo estaré encantado de supervisar tu ejecución.

Leras gesto a los otros eunucos. Doigo se levantó sin problemas, se dio la vuelta y de repente empujó al sacerdote más cercano a él.

—¡Hey! ¡Mira lo que haces, tonto! —Doigo le gritó.

El sacerdote le devolvió el empujón a Doigo.

—¿Qué estás haciendo ? Yo no hice nada.

—¿¡Nada!? ¿Llamas a esto nada? —el chillido de Doigo reverberó a través de la taberna. Estrelló el puño en el rostro confundido y fornido del sacerdote. El impacto hizo un sonido ‘crunch’ mientras Doigo le rompía la nariz al sacerdote. Un segundo más tarde, el sacerdote cayó sobre la mesa.

—Lucha —gritó algún cliente, y toda la taberna estaba en sus pies.

Leras recogió su mesa y tiró – platos, tazas y todo – hacia los sacerdotes. Entonces comenzaron los enfrentamientos en serio. Las sillas se rompían en las cabezas de la gente, los cuerpos salían volando por el aire. Hubo una alta concentración de blancas túnicas sacerdotes mezcladas con cuerpos negros musculares en el centro del cuerpo a cuerpo.

Emocionado por la acción y mostrando más vida de la que tenía desde la muerte de su hermano, la anciana sacerdotisa tocó una alegre melodía.

En medio del caos, Leras se centró en Finar. Lo tomó por el cuello y discretamente sacó un cuchillo.

—Di tus oraciones rápidamente, sacerdote. Ya no se puede amenazar a un hombre y esperar salirse con la suya.

—No te atrevas a hacerme mal, eunuco. Soy un sacerdote santificado del poderoso dios Ra. Tú vas a sufrir la condena eterna del mundo terrenal si me haces daño.

—Lo dudo —Leras susurró mientras tranquilamente metió la hoja entre las costillas del sacerdote.

Finar cayó al suelo uniéndose a otros sacerdotes inconscientes.

Parnet, seguido de cerca por Datan y Aviram, salió corriendo de la cocina a la sala principal.

—¿Qué está pasando aquí? —Parnet gimió.

—Es realmente agradable ver a los egipcios luchando entre sí —Datan comentó.

—Sí, deberíamos venir aquí más a menudo —aprobó Aviram—. Tal vez podamos incluso vender entradas para el espectáculo.

Leras dio un penetrante silbido. Igual de rápido que comenzó el combate, también terminó. La sacerdotisa volvió a tocar una melodía más tenue.

Uno de los sacerdotes conscientes examinó la herida.

—¡Está muerto! ¡Fanir está muerto! ¡Ha sido apuñalado!

—Tal vez sólo tropezó durante los combates —Leras explicó, al tiempo que mostraba la sangre en su mano—. Si alguien quiere hacer un problema de ello —Leras miró amenazadoramente a los sacerdotes—, puede que tropiecen también.

—N – No, Leras —el sacerdote tartamudeó y dio un paso atrás—. Esto fue sólo un accidente desafortunado. Tus argumentos teológicos son muy persuasivos.

—Ah. Así que hay algo de sabiduría en el sacerdocio después de todo —Leras asintió.

Datan y Aviram miraron con aprensión al sacerdote muerto, y al Leras de pie sobre él.

—Este Leras es peligroso —susurró Datan— Tenemos nuestro dinero. Dejemos este zoológico.

Datan y Aviram se dirigieron a la puerta, pasando por encima de los escombros de la lucha.

Leras, notando el movimiento, los llamó.

—¡Hebreos!

Datan y Aviram dieron la vuelta justo antes de la entrada.

—Nosotros – nosotros no queremos problemas —Datan tartamudeó—. No hemos visto nada-

—Tengo un mensaje para su Moisés.

—Y ¿cuál sería entonces —Aviram exhaló, volviéndose hacia la entrada.

—Dile a Moisés que los eunucos de palacio están con él. Apoyamos su lucha y lo seguiremos —Leras levantó la mano sangrienta—, le guste o no.

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