El primer antisemita

ficción bíblica: Génesis Vayehi

Traducido del inglés y editado por Caro Cynovich carocynovich@gmail.com

­josephEmbalmed

El primer antisemita

—Padre —preguntó el chico—, ¿por qué ese ataúd está hecho de metal? Pensé que por lo general eran de cerámica o de madera.

—Eso es muy perceptivo de tu parte, hijo —respondió el padre, mientras seguían al cortejo fúnebre—. Este es un ataúd especial para José, el antiguo Virrey.

—¿Por qué es tan diferente entonces?

—Vas a ver muy pronto. Su entierro será diferente.

—Y hay tanta gente aquí… Nunca he visto tanta gente para un funeral antes.

—Sí, es realmente grande. Creo que el entierro de Jacobo, el padre del Virrey, llegó a ser tan grande como este. Y desde entonces su familia ha crecido aún más.

—¿Qué familia, Padre?

—Pues los hijos de Israel. Ellos se han multiplicado a un ritmo asombroso.

—Lo dices como si fuera algo malo.

—Creo que no es bueno que los extranjeros deban llegar a ser tan poderosos. Ya era bastante preocupante cuando el Virrey tenía tanta influencia y control sobre Egipto.

La procesión continuó hacia los cementerios reales.

—¿Y quiénes son esos hombres viejos que llevan el ataúd?

—Esos son los hermanos del Virrey y sus dos hijos.

—La guardia de honor Real parece más armada de lo habitual, y hay muchos soldados.

—Nuevamente estás siendo muy perceptivo, hijo mío. Eso es muy bueno. Siempre es importante tomar nota de todos los detalles.

Los hermanos querían entrar en la puerta de entrada a los cementerios Reales, pero la guardia de honor, en cambio, los guió hacia el río.

La procesión se detuvo por un momento. Cuando los hermanos se dieron cuenta de que los guardias tenían la ventaja, siguieron hacia el río.

—Ya ves, hijo mío. A veces, sólo una demostración de fuerza es suficiente para evitar el uso de la fuerza, y se puede prescindir de violencia derrochada.

—Sí, padre. Por un momento, sin embargo, me pareció que sería una pelea.

—Era un riesgo. Pero los hebreos son inteligentes. Ellos no pelearían por algo así.

La procesión se acercó a la orilla del Nilo, con la guardia de honor dirigiendo de cerca a los hermanos para que llevaran el ataúd hacia la orilla.

—¿Dónde van a enterrarlo, Padre?

—En el Nilo.

—¿En el Nilo? Eso es tan extraño. Nunca he oído hablar de tal cosa. ¿Por qué en el río?

—Para hacer que su cuerpo sea menos accesible.

—¿Menos accesible? ¿Menos accesible a quién? ¿Para qué?

—Digamos que no sería conveniente si su familia pudiera tener fácil acceso a sus restos.

—¿Pero por qué ? Pensé que el viejo Virrey hizo grandes cosas por Egipto. Me enteré de que él solo salvó el imperio de la hambruna. Este no parece ser un entierro honorable.

—Hmmm. Deben dejar de enseñar historias inventadas. José pudo haber hecho cosas buenas para Egipto en el pasado, pero aún así él era un hebreo. Además, él hizo esas cosas también por su propio interés. Él había sido un humilde esclavo encarcelado antes de que el Faraón anterior lo hubiera elevado de rango, y así terminó invitando a toda su familia a trasladarse a Egipto – y les dio las mejores tierras.

La procesión llegó el agua y los hermanos, bajo la atenta mirada y las lanzas de la guardia de honor, bajaron solemnemente el ataúd al río.

Hordas de hebreos se apresuraron a la orilla, para mirar al ataúd que se hundía rápidamente. Todos señalaban y se miraban los unos a los otros. Prestaron atención a los árboles que los rodeaban y a los caminos y a los paisajes del otro lado del Nilo, como si estuvieran intentando memorizar la ubicación exacta.

—No entiendo, Padre —el muchacho continuó—. Los hebreos siempre han sido leales y ejemplares ciudadanos egipcios. Sé que muchos de los nietos de José permanecen en servicio real y son generalmente los mejores administradores y los soldados más temibles.

—Sin embargo, hijo mío —explicó el padre mientras inspeccionaba todos los hebreos en la orilla—. Ellos son extranjeros. No son nuestros amigos y tú harías bien en recordar eso. Ellos siempre se han mantenido al margen de nosotros, los egipcios, y de nuestra cultura. Ellos desprecian a nuestros dioses, nuestra adoración y prácticas. Y los hebreos que sí abrazan nuestras prácticas… ellos son los peores. Intentan duramente internarse en nuestros círculos, pero no son más que traidores de dos caras. ¡Les temo!

—Sí, padre. Entiendo y oigo lo que dices. Entonces tenemos que encontrar una manera de protegernos de estos hebreos. ¡Son tan numerosos!

—Vamos a tener que encontrar una manera. Ahora que el Virrey ha muerto será más fácil. Pero hará falta tiempo y paciencia. Los otros hermanos no son menos inteligentes de lo que José era, aunque quizá no sean tan sofisticados en las formas de gobierno.

—Como tú digas, Padre.

—Hijo, eres lo suficientemente mayor como para llamarme por mi nombre formal. Debes acostumbrarse a esto.

—Sí, Faraón.

—No hay que olvidar que estos hebreos son una amenaza. Tal vez la mayor amenaza a la que se enfrentará el imperio. Yo me pondré en movimiento, pero puede que termines siendo tú quienes deba enfrentarse directamente a ellos.

—Sí, Faraón. No te voy a defraudar.

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